Revivir al periodismo

El periodismo lleva prácticamente toda su historia transformándose y moviéndose por tierras movedizas que lo han abocado a una no perecedera ambigüedad de formatos. Desde sus primeros días, la evolución o involución de este trabajo ha sido cuestionada por expertos y especialistas del sector. En este caso, Javier Mayoral, acentúa muy bien los infortunios y las catástrofes que han asolado las bases del periodismo.

Mayoral inicia su aventura por las cloacas periodísticas introduciendo los problemas contemporáneos que ha sufrido el tema en cuestión. Con la ayuda de la periodista, Lucía Méndez, ponen encima de la mesa como se han desatado los valores del periodismo, des del pequeño rasguño hasta la herida más profunda. La crisis económica que arrolló a España y al resto de Europa causó, fundamentalmente, daños a los medios de comunicación, empezando por las reducciones de plantilla, llamadas EREs, que se llevaron por delante a cientos de, más que expertos, padres del periodismo español.

Señalan la revolución tecnológica como eje del mal para el periodismo y Méndez añade, acertadamente, que las redes sociales han asesinado al periodismo. Las ansias por conseguir el máximo de clics en las noticias, provoca el cambio de titulares, abre puertas al sensacionalismo o da alas a la manipulación. Por eso, el reto que indica Mayoral es la de reconstruir la propia identidad periodística, ¿qué quiere ser el periodismo?, ¿cómo quiere ser?

En una charla con Paloma Abejón, periodista y profesora de la Universidad Complutense, sacan la conclusión de que las redacciones han sufrido un proceso de desprofesionalización mientras que los gabinetes de prensa han arrebatado la labor del periodista. Los periodistas se han acomodado con las notas de prensa elaboradas por los gabinetes, notas perfectas que cuentan aquello que interesa y cómo interesa al partido, empresa o institución pública que hay detrás. Entonces, los “periodistas” se acaban convirtiendo en meros publicistas de estos sectores.

Muy ligado a esto, está la clasificación por géneros de la labor periodística. Una clasificación cada vez más frágil e invisible, con unas líneas de separación demasiado finas para la gran responsabilidad que requieren. En este trabajo es esencial diferenciar correctamente cuando se trata de un género informativo y uno de opinión. Parece básico, pero es uno de los principales errores de los medios. Aunque, no solo como profesionales, sino también como sociedad, hemos aceptado que los medios nos cuenten la información triturada con su sesgo y explicada de la forma que más nos gusta oírla. La ideología se ha convertido en un producto, maquillar una información con ideología conservadora o ideología progresista es el negocio de los medios desde que nació la libertad de prensa.

Los periodistas deben volver a salir de las redacciones, pisar las calles, sentir la realidad. A partir de aquí, sus propios ojos dejarán las pantallas para observar lo que les rodea, abandonarán las redes sociales para saber aquello que ocurre en su entorno y como sumun, no les importará el éxito en “me gustas” de sus publicaciones sino el valor informativo de su trabajo.

La escritura es otro de los temas clave de esta obra. ¿Por qué? Porque los periodistas, dependientes incansables de ella, hacen un muy mal uso de su herramienta de trabajo. Eso es en lo que hay que fijarse para precisar dónde puede darse la solución a este problema. En una sociedad avanzada la enseñanza prima la alfabetización de los ciudadanos desde muy pequeños, pero hay que ir más allá. En cualquier ámbito de trabajo es infinitamente necesario saber escribir bien, ya no porque sea fundamental entendernos entre nosotros, sino por responsabilidad, formalidad y respeto a nuestra lengua, sea cuál sea. Esto significa que cuando vamos al médico, ya de por si estos no tienen fama de tener buena caligrafía, podamos ver reflejada la profesionalidad del médico que nos atiende en su escritura, en vez de encontrarnos con un texto repleto de errores. Pues con los periodistas eso es mucho más elemental, porque no solo es trabajo, es nuestra vocación la que nos manda a ser un ejemplo para todos aquellos ojos que leen lo que escribimos.

Si paramos a pensar, que a veces no hay tiempo ni de eso, coincidimos en que los tiempos han cambiado y que, con ello, las formas de hacer periodismo también. Puede que la inmediatez, eso que se puso de moda en los últimos años con las nuevas tecnologías, ahora nos empiece a chirriar porque no es lo que parece. En la obra de Mayoral, se critica la inmediatez como culpable del envenenamiento del buen periodismo, el periodismo reflexionado y meditado, el riguroso o el que predominaba la información veraz por encima de la rapidez. Pero, puede que no sea la única culpable, puede que la inmediatez solo sea el veneno y que los que han pecado verdaderamente probándolo hayan sido los propios medios. A veces, parece que despersonalizamos los fallos del mundo periodístico. Si algo sale bien, como los periódicos digitales, los medios se galardonan y se ponen la medalla de la transformación y evolución, si eso se convierte en algo completamente negativo, deja de formar parte de sus competencias.

En otra de sus reuniones, en este caso con Ignacio Escolar, director del periódico digital eldiario.es, tratan uno de los grandes errores históricos de los medios de comunicación: venderse a los grandes anunciantes. Sobre todo, las cabeceras de mayor tirada han vendido sus valores ideológicos a grandes marcas que pagan cantidades insólitas de dinero para publicidad. A esto se ha reducido el “gran periodismo”. Las dificultades económicas de las que hablábamos al principio, no solo han arrasado con los trabajadores como hemos visto, sino también con los principios editoriales de los medios. Eso es gravísimo. Es tan grave que un partido político esté controlado por los bancos que le prestan crédito para financiarse, que un medio esté controlado por los grandes anunciantes que le aportan la mayoría de sus ingresos. Como sucede con el periódico de Ignacio Escolar, puede que la nueva fórmula para esquivar la intromisión de las grandes empresas, sea la implicación de la audiencia, es decir, que lectores, oyentes o espectadores aporten, en forma de suscripción, los suficientes ingresos para un desembocar en un periodismo libre de presiones.

Todos esos aspectos comentados anteriormente, hacen que olvidemos las bases fundamentales del periodismo. Hay tantas equivocaciones que cuesta centrarse en las verdaderamente importantes. Desde abajo, desde nuestro alcance podemos y debemos mejorar los aspectos más técnicos de la labor informativa. Podemos y debemos recuperar la rigurosidad que a veces ha fallado, el tiempo de trabajo y reflexión que nos han quitado y la buena praxis que se ha olvidado. Aquí esta nuestra batalla. Garantizar el buen periodismo para dar con la respuesta al resto de problemas que cada uno de nosotros, por si solos, no solucionaríamos.

Precisamente en esto enfoca su encuentro con Rosa María Calaf, periodista jubilada, en la colectividad. Cuando los periodistas nos unimos para luchar contra los grandes monstruos que nos presionan ganamos la batalla con ventaja, en cambio, cuando preferimos ir cada uno por su cuenta y ser lobos solitarios la derrota está asegurada. Pero esto, como todo, pasa en cualquier gremio de trabajo. Unidos siempre seremos más fuertes y la convicción que nos sustenta se crecerá por si sola. Por ahora, como indica Calaf: “hay una promiscuidad entre el poder político, el poder económico y el poder mediático. En lugar de vigilarse unos a otros, se apoyan mutuamente”. Desgraciadamente, tiene razón.

A raíz de eso, los periodistas hemos abandonado la confianza que los ciudadanos habían depositado en nuestro trabajo. La credibilidad ha saltado por los aires y será muy difícil recuperarla porque el periodismo debería reformarse desde abajo. Un término muy acertado del libro es “retroperiodismo”, es prácticamente volver a los orígenes del periodismo. Es probable que en esos orígenes ya encontremos muchos errores, pero una mirada atrás nos permitiría deconstruir las malas formaciones que se han generado y evitar otras futuras.

Los periodistas debemos tener muy presente el poder que está en nuestras manos. La información. En una democracia el pilar fundamental es la información, siempre acompañada de la libertad. Libertad para escribir, para informar y para recibir información. La población deja en nuestras manos la tarea de informarles y nuestra parte del trato es no fallarles. La información es un servicio público y básico de una democracia.

Si miramos al futuro, nos tocará aprender a desaprender todo aquello que con el tiempo hemos ido normalizando y adaptando en nuestra profesión. Aprender que las malas praxis hay que desaprenderlas para adquirir otras de nuevas que sean positivas para nuestra función. Eso sí, con el debido tiempo, es urgente, pero es más urgente hacerlo correctamente, sin errores, sin olvidarse nada indispensable. Las cartas, que en este libro ha jugado Mayoral, son de un calibre inmensamente interesantes. Si lo miramos con pesimismo, acabaremos pensando que esto no tiene solución, que nos hemos cargado las redacciones, que hemos destrozado la escritura, que la inmediatez y la popularidad nos han vendado los ojos cegándonos de todo lo demás y que ya nunca jamás nos libraremos de las cadenas de los grandes poderes. Pero, si lo miramos con optimismo, seremos capaces de despejar nuestra visión para ver más allá de lo oscuro y valorar la fuerza que de verdad tenemos en nuestras manos. Podemos cambiarlo todo y como Mayoral constata, debemos hacerlo.

Víctor Ferrer Olives

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